Albert Dürer
Alberto Durero. 1498. Óleo sobre tabla, 41 x 52
Museo del Prado. Foto: Wikimedia

El cuadro representa un autorretrato del artista a los 26 años. El formato elegido es de medio cuerpo y con dos centros de atención principales: rostro y manos, y uno secundario: el paisaje que se ve a través de la ventana.

En un principio fue un cuadro pensado para formar pareja con un retrato que pintó de su padre con motivo de su 70 cumpleaños en 1497.

De este cuadro no se conserva el original, aunque puede verse una copia en la National Gallery de Londres.

Este autorretrato es uno de los más famosos de los que se han conservado del autor.

Su aspecto es el de un hombre elegante, sereno, seguro de sí mismo, una nueva forma de entender al pintor alejado del oficio artesanal. El nuevo pintor es un intelectual, un artista. Su atuendo era muy suntuoso, como correspondía a una persona que alcanzó un nivel económico y fama social considerable.

La mirada severa y altiva indica la voluntad del pintor de hacer ostentación de su situación social. Durero enfoca los ojos en direcciones levemente divergentes, con el fin de darles animación. El ojo más lejano, el de la derecha, mira directamente al espectador, mientras que el más próximo, el de la izquierda dirige la mirada más allá.

En  la representación de las manos no pretendió incluir ningún elemento simbólico, ajustandose únicamente en la postura  y disposición a los buenos modales y a su estatus de artista que aunque  trabaja con las manos no realiza trabajos manuales.

En la Europa de la segunda mitad del siglo XV, las ideas humanistas se expanden por toda Europa y comienza a recuperarse la antiguedad clásica como ideal y el arte comienza a ser considerado como una profesión liberal.

Este tipo de retratos en un espacio cerrado al lado de una ventana, a través de la cual puede verse un paisaje, tuvieron mucho éxito en la pintura flamenca de la época y posterior.