Santiago Rusiñol. 1894. Óleo sobre lienzo. 115 x 87. Museu Can Ferrat. Sitges
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La morfina es una de las obras más importantes de Santiago Rusiñol (1861-1931), pintor, escritor, coleccionista, periodista y dramaturgo catalán del Modernismo.

Esta pintura representa un tema bien conocido por el autor, que a causa de una enfermedad acabó desarrollando una adicción a esta sustancia. La morfina era una droga muy extendida a finales del siglo XIX, especialmente entre la alta sociedad.

Sin embargo socialmente estaba muy mal vista. Por este motivo el artista dota al cuadro de un tono simbolista y representa a la mujer como una enferma que necesita la morfina para calmar sus dolores.

La descripción del acto de administrarse el medicamento es muy realista y está cargada de tensión emocional en la mano de la joven, aunque su rostro nos indica que la droga está empezando a hacer efecto.

Nos presenta el dolor como “la salida” a sus propios demonios, tanto los del dolor físico, como los del malestar psicológico.

El dominio de la luz y la facilidad y soltura de su pincelada dirige la mirada del espectador con gran habilidad hacia aquellos puntos del cuadro que le interesa enfatizar, como la mano, y aquellos que tiene intención de sugerir o incluso esconder, como el espacio en el que se encuentra.

Rusiñol se convirtió a finales del siglo XIX en la cabeza más visible del Modernismo. A ello contribuyó tanto la personalidad del artista, como su capacidad para cultivarse una imagen de artista moderno. Tras su regreso de París funda junto a Ramón Casas y Utrillo el movimiento Modernista “Els Quatre Gats”, que reunía artistas y escritores de vanguardia.

En 1908, Rusiñol recibe la medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes

El desarrollo del Noucentisme catalán, como estilo cosmopolita capaz de llevar lo catalán a Europa relegó su importancia como artista modernista, al considerarse éste un estilo trasnochado y pasado de moda.

La última fase de su vida la pasó en Madrid pintando paisajes, su actividad principal durante los últimos años de su obra, y de la que se convirtió en un maestro. Muere mientras pintaba Los Jardines de Aranjuez el 13 de junio de 1931.