Wilhelm de Kooning. 1952. Óleo sobre lienzo. 192 x 147. MoMA
Foto: ahisgett

Esta obra pertenece al periodo de la madurez de Wilhelm de Kooning (1904-1993), artista de origen holandés que vivió en Estados Unidos la mayor parte de su vida.

El cuadro se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y sabemos que pasó por muchas transformaciones hasta que finalmente fue terminado en 1952.

Por aquella época realizó sobre todo pintura de carácter figurativo, aunque ya se apreció su interés por simplificar las representaciones, llegando a pintar obras completamente abstractas durante la década de 1945 a 1955.

Será una etapa de diez años de experimentación centrado en la representación de mujeres y en la evolución de su forma de pintar desde el expresionismo abstracto a la técnica del action painting.

Sin embargo, durante los últimos años de esta década De Kooning vuelve a lo figurativo desarrollando una amplísima serie de obras centradas en la principal obsesión del autor: la figura femenina.

En este caso realizó numerosos estudios hasta llegar a la obra definitiva, proceso que le llevó varios años y que dio como resultado una figura de mujer rotunda y corpulenta de ojos salvajes, cuya mirada amenazante y sonrisa feroz incrementan su efecto sobre el espectador al utilizar una paleta de colores intensos.

En estos cuadros mezcla elementos figurativos con otros puramente abstractos, y alterna entre cuadros producidos con un único color a otros en los que la paleta de colores es diversa.

El arte de Kooning destaca y es claramente reconocible por la violencia de su cromatismo, la gestualidad de la pincelada y por las formas excesivas, grotescas y demoníacas de las figuras humanas que representa.

El artista se enfrenta al mito de la mujer fatal proponiendo un “ídolo” frontal que se apodera de todo el espacio del cuadro hasta el punto de que da la impresión de que la cabeza queda comprimida por las enormes proporciones del resto del cuerpo, en ocasiones apenas reconocible.

Mujer I tiene el aire de haber sido más o menos recompuesta tras un desgarramiento abusivo, especialmente en la zona de la boca y de los ojos exorbitados. Grandiosa e irrisoria, solemne y ridícula, la mujer se sitúa en la peligrosa encrucijada de las pulsiones y las repulsiones del artista.