Vincent Van Gogh. 1889. Óleo sobre lienzo, 73 x 92. MoMA. Nueva York
Foto: Wikimmedia

Este paisaje nocturno es uno de los más conocidos de Vincent Van Gogh (1853-1890), y uno de los más enigmáticos de toda la historia del arte universal.

Lo pintó durante su estancia en la clínica de Saint-Rémy mientras se recuperaba de una crisis depresiva. De hecho se supone que es la vista que Van Gogh tenía desde la ventana de su habitación.

Con este cuadro retoma el tema de los cuadros nocturnos de las épocas de Arlés y París, en las que el pintor renuncia a la observación directa de la naturaleza para crear formas y colores que sólo existen en su mente.

En primer plano y lugar destacado colocó un ciprés, elemento cargado de simbolismo, generalmente asociado a la muerte, y que fue muy frecuente en la última etapa del artista. El árbol es la figura más oscura y adopta una forma flamígera que asciende hacia el cielo como intentando tocarlo.

Al fondo sitúa un pueblo cuya torre de la iglesia se alza hacia el cielo presidiendo el conjunto. La pincelada breve y recta que utiliza para el pueblo y las montañas del fondo contrastan con las del cielo y el ciprés, mucho más largas y curvadas dotando a la escena de gran dinamismo.

La línea de horizonte es diagonal en dirección a la luna y está situada muy abajo dando todo el protagonismo temático al cielo respecto a la tierra.

El cielo lo conforman dos grandes espirales nebulosas que se envuelven una a la otra, mientras once estrellas sobredimensionadas atraviesan la noche con sus halos de luz.

La luna, en cuarto menguante, naranja y en la parte superior del lienzo, parece casi un sol radiante cuya luz ilumina la escena y dota al cuadro de un cierto halo de misterio.

El tratamiento de la luz de las estrellas, con pinceladas breves a modo de puntas de luz envueltas en un halo luminoso a base de espirales que dominan el cielo es lo más característico y destacado de este paisaje nocturno.

Con esta obra el autor pretende representar la insignificancia del ser humano frente a las fuerzas de la naturaleza, tal y como se observa en el ámbito humano (pueblo) cuya quietud y serenidad contrasta con el movimiento del cielo, en el que parece que los astros van a chocar y provocar el fin del mundo fruto de esa pincelada larga y arremolinada tan personal del autor.