San Carlino
Francesco Borromini. 1637. Roma
Foto: Philosofia

San Carlo alle Quattro Fontane es una iglesia romana encargada a Francesco Borromini (1599-1667) por los Trinitarios Descalzos Españoles en 1637. Está dedicada a San Carlos Borromeo, pero por sus reducidas dimensiones también es conocida como San Carlino.

La iglesia está ubicada en la confluencia de las calles: strada Venti Settembre (antigua strada Pia) con la strada Delle Quattro Fontane (antigua strada Felice), que conforman la plaza de las Quatro Fontane en cuyos chaflanes se ubicaron fuentes ornamentales que se abastecían de agua del acueducto Acqua Felice.

El convento y todas sus dependencias ya habían sido construidos por el propio Borromini con anterioridad a que la orden le encargara la culminación de la obra con la construcción de la iglesia y la fachada.

La necesidad de articular todos estos espacios, la escasez de recursos económicos de la orden y las limitaciones de espacio del solar, supusieron la adopción de soluciones novedosas, como la contraposición al claustro rectangular de una iglesia de planta elíptica.

Esta solución de la planta elíptica, que no tenía precedentes en la Historia del Arte, viene condicionada por la forma del solar y la necesidad de respetar la fuente del chaflán, que se integra visualmente en la iglesia.

Borromini diseña una planta muy dinámica que rompe frontalmente con la tradición clásica. Al interior las columnas enormes agrupadas de cuatro en cuatro, con nichos y molduras, parecen reducir todavía más el pequeño espacio, cubierto por una cúpula oval con linterna.

San Carlos de las cuatro fuentes
Detalle fachada
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La cúpula muestra una decoración casetonada, pero frente a los casetones cuadrados de la arquitectura romana, el arquitecto incluye otros octogonales y hexagonales que reducen su tamaño conforme nos acercamos a la linterna.

Pero lo que de verdad es llamativo en esta iglesia es la fachada ondulada: fragmentaria, discontinua y antimonumental, rompe con las fachadas inspiradas en el mundo clásico y aporta la característica más innovadora de la obra: el movimiento.

La fachada se articula en dos pisos y tres calles cada uno. La calle central, más ancha que las laterales, incluye el acceso principal al templo. El plano de la fachada es ondulado gracias a la contraposición de las curvas cóncavas que conforman las calles laterales, con la curva convexa de la calle central.

Las cornisas marcan el movimiento de alabeo en ambos pisos, que consigue diferentes efectos y matices de luz en la fachada en función del momento del día. La cornisa superior está “rota” y coronada por una gran medallón.