Cuadro pintado por Picasso que representa a un arlequin mirandose a un espejo
Pablo Ruíz Picasso. 1923. 100 x 81. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid
Foto: jmussuto

Dentro de la extensa producción de Pablo Picasso, el viaje que hizo a Italia en 1917 marcaría un hito en su obra, inspirándose en la tradición clásica y en los grandes genios del renacimiento, reinterpretando los modelos tradicionales sin olvidar el lenguaje cubista.

Esta obra es un ejemplo claro de la producción artística de este periodo del pintor malagueño, en el que trata un tema recurrente y que le atraía mucho: el mundo del circo y de la commedia dell’arte.

El protagonista absoluto del cuadro es la enorme figura del arlequín que prácticamente llena toda la superficie del lienzo, y que está claramente inspirado en los maestros clásicos que pudo contemplar el artista durante su viaje a Italia.

A Picasso le atraían los personajes circenses, su mundo y vidas nómadas. En este caso aglutina en una sola figura a sus personajes de circo preferidos: el acróbata, representado por el atuendo, el arlequín, con su sombrero de dos picos, y finalmente el Pierrot, que contempla melancólicamente su reflejo en el espejo que sostiene con la mano derecha.

La obra está concebida inicialmente como un autorretrato, aunque finalmente le dio una apariencia final de máscara, impersonal y asociada al temperamento del arlequín que el propio Picasso consideraba coincidente con su carácter.

Esta obra ha sido vista por muchos estudiosos como la culminación de su etapa clasicista, y su culminación.

Sin embargo hay cosas que recuerdan a su etapa azul de principios del siglo XX: predominio de los tonos azulados, escenas con personajes solitarios y tristes, como este arlequín que se recoloca el sombrero y se contempla a sí mismo recreándose en su soledad.

A partir de otoño del año 1923 pintaría una serie de naturalezas muertas enmarcadas en un estilo calificado como cubismo curvilíneo que desembocaría en su etapa surrealista.