Cuadro pintado por Dario de Regoyos
Darío de Regoyos. 1912. Óleo sobre lienzo. 65 x 54. Museo del Prado. Madrid
foto: Wikimmedia

El Gallinero es la obra cumbre del pintor Darío de Regoyos (1857 – 1913), pintor asturiano afincado buena parte de su vida en Barcelona, conocido por ser el representante español más destacado del impresionismo.

Regoyos se trasladó muy joven a Madrid donde aprendió de su maestro, el pintor belga  Carlos de Haes, la técnica de pintura de paisajes al aire libre, que depuraría y haría personal a lo largo de su carrera.

Viajó intensamente por toda Europa y conoció de primera mano a algunos de los pintores más importantes, inspirándose en ellos y en las nuevas corrientes artísticas para hacer evolucionar su pintura del naturalismo al pre-simbolismo, y más adelante el divisionismo o puntillismo para alcanzar en su madurez un estilo próximo al impresionismo del que el gallinero es un magnífico ejemplo.

Con esta obra muestra en todo su esplendor su gusto por la pintura al aire libre típica del impresionismo, al que volvió tras unos años de experimentar la pintura del divisionismo de Seurat y Signac, que conoció tras su estancia en París.

El cuadro está “organizado” en torno a la estructura de listones que conforman el gallinero de la parte central, además de por la cerca del fondo que permite compartimentar la pintura en espacios regulares ordenando la visión de la escena.

Además de estos espacios representados y que le sirven para ordenar el espacio formal de la obra, le sirven para compartimentar la pintura en franjas paralelas de color que dan un ritmo especial, gracias al tratamiento de la luz y las sombras.

Contrasta lo vanguardista que es en el uso de los colores y una luz que recuerda, en las tonalidades de las sombras y el efecto atmosférico a Renoir y Monet, al tiempo que su dibujo resulta primario, casi naif, como lo demuestra la disposición de las gallinas en primer plano.

A Dario de Regoyos le gustaban las cosas de la vida cotidiana, por lo que tomaba apuntes en cualquier lugar y escenario, a diferencia de los impresionistas franceses, que seleccionaban con mucho cuidado el paisaje que iban a representar, huyendo de escenas costumbristas y representaciones que pudieran “despistar” al espectador de lo principal del cuadro: la captación de un momento de luz.