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Alberto Durero. 1504. Óleo sobre tabla. 99 x 114 cm. Galeria de los Uffizzi. Florencia
Foto: wikimmedia

Esta adoración de los Reyes Magos de Alberto Durero (1471 – 1528) es uno de los mejores ejemplos de esta iconografía en toda la historia universal de la pintura.

Pintado por encargo de Federico el Sabio, pertenece a las obras que pintó el artista de Nüremberg tras su primer viaje a Italia, como vemos en el tratamiento del paisaje, la luz del cielo o el colorido de lo, s ropajesinfluenciado por lo que ha visto sobre todo en Venecia, donde se estableció posteriormente.

Asimismo el detallismo y el cuidado dibujo de todos los elementos, por pequeños que fueran, y que son características de la pintura de Durero, permanecen en la obra a pesar de sus nuevas influencias.

En este cuadro Durero nos propone una escena con una composición equilibrada pero novedosa. Coloca el punto de fuga del cuadro, el que produce la sensación de profundidad, no detrás de la escena principal sino en el lado derecho, otorgándole un carácter diagonalizado a toda la escena.

Las cuatro figuras y el niño ocupan el centro de la composición en un primerísimo plano que hace que las figuras se presenten de tamaño agigantado. Melchor –el más viejo de los tres- arrodillado acercándose a besar al niño, Baltasar de pie ofreciéndole su presente (oro) y Gaspar que ataviado con lujosos ropajes y joyas es el autorretrato del propio Durero.

Un establo improvisado donde sólo hay un buey recrea la escena, de la que no hay rastro de San José. En el fondo del cuadro numerosas edificaciones y ruinas se disponen en la diagonal de la perspectiva del cuadro.

Durero diseñó una estructura compositiva descendente de derecha a izquierda, que separan dos mundos diferenciados: el de la izquierda, en primerísimo plano cercano, personal e intimista, y el de la derecha algo más alejado y descriptivo.

En el tratamiento apreciamos como el pintor centra sus esfuerzos en la parte izquierda, mucho más lograda, con mejor colorido y un dibujo más cuidado, que en la derecha, en la que los colores parecen algo más apagados y el dibujo menos exhaustivo, casi abocetado, y no sólo buscando efectos de perspectiva.

Es sin duda una de las obras en las que el genio alemán demuestra su habilidad para el dibujo, la aplicación de los colores y sobre todo la composición pictórica, cuyas soluciones sirvieron de ejemplo a numerosos pintores gracias a la difusión que se hizo de su obra a través de los grabados de las mismas que hacía el propio pintor.