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Hiroshige. 1832. Xilografía
Foto: Wikimmedia

Este grabado pertenece a la serie Las Cincuenta y Tres Estaciones de Tokaido, obra cumbre del artista japonés Utagawa Hiroshige (1797 – 1858), que fue junto a Katsushika Hokusai de los mejores artistas del grabado japonés Ukiyo-e.

Hiroshige era un dibujante, grabador y pintor muy prolífico. Se han catalogado más de 5.400 grabados suyos, entre los que destacan las series sobre el monte Fuji, sobre la ciudad de Edo (actual Tokio) y esta serie sobre las etapas o estaciones de Tokaido, una de sus primeras grandes series de grabados. Pintada entre 1832 y 1834, fue además su consagración como maestro paisajista.

La serie se compone de 55 estampas (53 estaciones más una al principio y otra al final) de gran riqueza estilística y variedad compositiva inspiradas en la literatura ilustrada de viajes. En estas estampas inició un estilo propio marcado por la composición en planos y la inclusión de objetos o personajes anecdóticos, a menudo con cierto tono humorístico.

Representa la ruta Tokaido, que transcurría por la costa oriental de la isla de Honsu, conectando Tokio y Kyoto. Esta ruta era muy transitada por los cortejos de los Daymio (líderes militares a las ordenes de un Shogun), y se cree que el propio Hiroshige pudo realizarlo con motivo de una embajada oficial a la corte imperial de Kioto.

En esta estampa vemos como la comitiva se dispone a ponerse en marcha de nuevo tras haber descansado en Fujieda. Una serie de personajes acomodan las sillas y organizan la carga de los caballos. Otros parece que se están lavando y otros abandonan la casa en la que han pernoctado. El establo de los caballos en la parte superior tan apenas está sugerido.

A lo largo de esta ruta existían 53 distintas puestos que proporcionaban establos, comida, y alojamiento para los viajeros y sus caballerías, en los que el propio artista fue testigo de escenas cotidianas y pudo ver paisajes que causaron en él una profunda impresión.

Hiroshige es uno de los últimos representantes del Ukiyo-e, que alcanzó unas importantes cotas de calidad antes de la decadencia del grabado xilográfico en Japón. En sus obras se aprecia la maestría del artista interpretando la naturaleza y recogiendo los matices atmosféricos de cada una de las estaciones, en unas estampas en las que siempre o casi siempre está presente el ser humano.