trauben und melonenesser
Murillo. Óleo dobre lienzo. h. 1650. 146 x 104 cm. Alte Pinakothek. Munchen
Foto: Wikimmedia

Esta obra del genial pintor español del barroco, Bartolomé Esteban Murillo, es considerada una de las mejores de este género que puede contemplarse en la Alte Pinakothek de Munich.

Este tipo de pinturas, carcaterizadas por el gran realismo y naturalismo, constituyeron una tipología pictórica propia del barroco español, especialmente en pintores como Velázquez o el propio Murillo. Estas escenas, cargadas de humanidad y simpatía tienen como protagonistas a niños mendigos en diversas actitudes.

Murillo nos representa una escena de mendicidad y pobreza que podía contemplarse en la Sevilla de la época. Una gran ciudad que a causa de los estragos de la peste y la crisis económica y social del momento, tenía unos elevados niveles de pobreza, miseria y pillaje.

En este caso el artista representa a dos niños sentados uno al lado de otro comiendo fruta. El de la derecha parece estar en una posición superior a la de su compañero. Tiene la mejilla hinchada e la cantidad de fruta que se ha metido de golpe en la boca y sostiene con la mano el cuchillo con el que está cortando la rodaja de melón que tiene apoyada sobre sus rodillas.

El niño de la izquierda está sentado directamente en el suelo, al lado de la cesta llena de uvas, que es en sí misma un bodegón dentro del cuadro.

Las ropas de ambos personajes son harapos hechos jirones. Están descalzos y sucios, aunque se les ve aparentemente felices tras haber sustraído el botín que devoran con avidez.

El cuadro se compone de dos líneas diagonales: la que une las miradas de los niños y la otra la que marca el brazo con el que el niño de la derecha sostiene la rodaja de melón.

Murillo juega con las luces y las sombras para dirigir la mirada del espectador hacia los niños, que casi nos hacen obviar las ruinas en penumbra del fondo de la obra. La luz entra desde la izquierda del cuadro, la vestimenta del niño de la izquierda y la carne de la rodaja de melón.

La utilización de los colores y la pincelada recuerda a la escuela veneciana. En el caso de los colores los combina con astucia al suavizar los contrastes entre blancos y negros con gradaciones de verdes y ocres. Con la pincelada suave consigue una plasticidad y suavidad propias de a pintura de grandes maestros como Tiziano.

Pero sobre todo destaca el realismo con el que refleja una escena que por aquella época debía ser habitual en las calles de Sevilla, dónde el se inspiraría para pintar estas escenas que suscitan sentimientos a camino entre el patetismo y la ternura de dos supervivientes en un mundo cruel con los más desfavorecidos.