Kandinsky
Vasily Kandinsky. 1929. Óleo sobre lienzo. Centre Georges Pompidou. París
Foto: Cea.

Estamos ante una de las obras más conocidas del artista ruso Vasily Kandinsky, el pintor expresionista que hizo evolucionar su pintura hacia representaciones que prescinden de cualquier referencia figurativa como un medio de expresión artística más intelectual que sensorial.

Kandinsky participó junto a otros miembros del grupo expresionista “Der blaue Reiter” en el desarrollo de las vanguardias y su camino hacia una abstracción pictórica, que se impondría en la segunda mitad del siglo XX.

Es importante señalar que Kandinsky no sólo fue capaz de desarrollar un estilo pictórico personal sino que trasladó todos sus logros pictóricos al plano teórico, con libros y ensayos que hoy día son básicos para comprender el arte contemporáneo.

Para Kandinsky la abstracción pictórica permitía utilizar todos los medios expresivos del lenguaje artístico, líneas, formas geométricas, colores, sin las limitaciones que suponía a menudo la temática de la obra o la figuración.

Pintar un cuadro es para kandinsky llenar una superficie de líneas y colores en una cierta armonía que suscite estados de ánimo en el espectador. En el caso de sus obras, la sensación que transmiten es de felicidad y alegría, como en esta obra, que consigue gracias a la simplicidad de las geometrías y la variedad y luminosidad de los colores primarios que dan título al cuadro.

El cuadro queda dividido en dos partes que focalizan la atención de forma desigual y que se presentan el uno frente sobre un fondo atmosférico pintado de colores violáceos, verdes, amarillos y acules.

La parte de la izquierda, en la que domina el color amarillo, presenta líneas finas, rectas, curvas, paralelas y perpendiculares, que parecen dispuestas y ordenadas en torno a una superficie triangular. En la de la derecha vemos un círculo azul cubierto en parte por una línea negra y cuadrados rojos, que unen ambas partes del cuadro.

La aparente arbitrariedad de los diferentes elementos en el cuadro no es al azar, consiguiendo crear, por contraposición entre ellos, tensiones entre los diferentes elementos, formas y valores cromáticos.

El ritmo es el elemento clave de sus obras y lo consigue gracias a contrastes de colores que otorgan vitalidad a la composición, como en este caso, en el que el azul y el amarillo parecen enfrentarse uno al otro. De ese enfrentamiento surge el color rojo, que sitúa entre ambos, como resultado de la virulencia de la “contienda”.

Algunos autores han querido reconocer formas animales “enmascaradas” en los elementos geométricos y los colores pero basta con conocer un poco las teorías artísticas del pintor para darse cuenta de que quizá la arbitrariedad no esté tanto en los elementos plasmados en el cuadro como en la forma de percibirlo y la necesidad innata que todos tenemos de buscar esa forma reconocible que nos haga comprender mejor el contenido de la obra, que es lo mismo que nos va a impedir apreciarla en su plenitud, es decir, dejándose llevar por lo que las formas libres y los colores nos quieren contar, tal y como los concibió el artista.