Cristo de Goya
Francisco de Goya y Lucientes. 1780. Óleo sobre lienzo. 255 x 154. Museo del Prado. MAdrid
Foto: Wikimmedia

Este Cristo crucificado es obra de Francisco de Goya y Lucientes y fue pintado 150 años más tarde que el Cristo que pintó Velázquez y que comentamos en la píldora anterior.

Esta es la obra con la que Goya se presentó en 1780 para ingresar como académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Aunque la estética de la imagen es claramente neoclásica se relaciona con el cristo de Velázquez por seguir algunas de las pautas de la iconografía barroca para este tipo de representaciones que ya vimos que desarrolló Francisco Pacheco.

Siguiendo algunas pautas de la estética neoclásica, Goya le quita carga devocional a la imagen limitando el uso de la sangre y reduciendo su dramatismo, que limita únicamente en su mirada hacia el cielo en un gesto de éxtasis, que coincide con el momento que nos cuentan las escrituras en el que se dirige a Dios y le pregunta: ¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Goya se decide por esta representación para poder hacer gala de su maestría en el dominio del dibujo de la anatomía humana, a través de un desnudo que estuviera “permitido”, como en las representaciones de Cristo en la cruz.

La composición del cuadro está dominada por la línea en “S” que conforma la postura en la que coloca el cuerpo de Cristo. Un cuerpo joven y hermoso, con la pierna derecha adelantada y los pies firmemente apoyados sobre el subpedáneo.

El resultado es una figura armoniosa que apenas presenta signos de violencia, sangre o dramatismo, a excepción de la cabeza, inclinada suavemente hacia la izquierda. De esta manera consigue, gracias a la disposición de la figura sobre un fondo oscuro y neutro, una imagen serena y carente de dramatismo.

Goya supo darlo todo para conseguir ser admitido -fue admitido por unanimidad-, especialmente por los recursos técnicos utilizados en los juegos de luces y sombras, la utilización del color o el modelado del cuerpo.

Esta magnífica obra tenemos que verla pues, no como una imagen devocional destinada a colgar en la pared de un edificio religioso, sino realmente como lo que fue: un examen en forma de cuadro a modo de presentación de Goya para acceder al puesto de académico.