Mariano Fortuny
Mariano Fortuny. 1870. Óleo sobre lienzo. 60 x 94 cm. Museo Nacional de Arte de Cataluña. Barcelona
Foto: Wikimmedia

Esta es la obra maestra de uno de los artistas más importantes y valorados del siglo XIX en España: Mariano Fortuny.

La obra fue pintada con motivo de su boda con Cecilia de Madrazo, hija del famoso retratista Federico de Madrazo.

En el cuadro, del que hizo un primer boceto preparatorio sobre una pequeña tabla de madera, representa una escena nupcial de su propio casamiento en Madrid en noviembre de 1867.

Fortuny no representa ninguno de los momentos álgidos de este tipo de ceremonias, sino que se centra en el momento en el que los testigos que asistieron al enlace firman en el libro para dar fe del enlace.

El acto de la firma no tuvo lugar en el interior del templo sino que sucede en la sacristía, separada de la iglesia por una magnífica reja que Fortuny pintó inspirándose en la rejería de una iglesia romana que tuvo oportunidad de ver en una de sus múltiples estancias en la ciudad, en la que vivió en repetidas etapas de su vida.

Los invitados se agolpan para firmar mientras a la derecha vemos sentados en un banco y ajenos a cualquier protocolo unos majos y un torero.

Sabemos que Fortuny utilizó a su propia esposa como modelo para representar a tres mujeres: la que habla a la novia, la rubia y la que se gira dando la espalda al espectador. También utilizó a sus cuñados Raimundo de Madrazo e Isabel para representar otras figuras del cuadro, tal y como hacía con frecuencia.

Con esta obra hace además un retrato realista-costumbrista de la época en la que no faltan el clérigo, el torero, las majas y majos o el militar.

Fortuny diseñó la escena con la idea de dar sensación de que el espacio en el que tiene lugar la escena es mayor de lo que en realidad es, al igual que el cuadro. Para ello se sirve de un recurso muy eficaz basado en la distribución de las figuras en “sub-escenas” aisladas, que componen un conjunto en el que la imagen principal pierde protagonismo, dándonos así la sensación de que el cuadro y la escena son de mayor tamaño.

Esta obra aúna como ninguna otras las cualidades de Mariano Fortuny como pintor: un dominio absoluto del dibujo demostrado en el detallismo y preciosismo de todos los detalles por pequeños que fueran, virtuosismo en la utilización del color y la variedad de tonalidades y efectos que reflejan gracias a una utilización del color que anticipa algunos del los logros que alcanzaron los pintores impresionistas, de los que sin duda el es uno de los precursores en España.