Cuadro del pintor simbolista Gustave moreau en el que representa al personaje bíblico Salomé

Este es uno de los cuadros más conocidos e importantes del pintor simbolista francés Gustave Moreau. Un cuadro que ya en su época no dejó indiferente a nadie, cosechando detractores y partidarios a partes iguales.

La escena representa a Salomé, quién tras bailar para Herodes consigue que éste le entregue la cabeza de San Juan Bautista. La escena representa a la propia Salomé arrepentida de su acto en el momento en el que se le aparece la cabeza de San Juan Bautista en un entorno de arquitecturas irreales, con decoración simulada y pintados de una forma muy innovadora.

Gustave Moreau utiliza una técnica que le hace representar las arquitcturas como si se tratara de grabados y a las que les superpone elementos decorativos procedentes de numerosas religiones y culturas (budistas, fenicios, románicos, bizantinos, etc. ) generando un aspecto ecléctico muy decorativo que dan un aire singular a la obra.

En primer plano aparece la joven Salomé semidesnuda con unos sutiles velos tapan su cuerpo parcialmente y que permiten adivinar una figura femenina sensual y provocativa en recuerdo del deseo sexual que llevó a Herodes a pedirle que bailara.

El rey Herodes se muestra tras la figura de la muchacha y nos lo muestra como un rey Persa.

Delante de ambos la aparición “flotante” de la cabeza de San Juan Bautista chorreando sangre con un halo de santidad que la rodea y que pretende significar la venida de Cristo.

Moreau utilizó diversos motivos para su composición: la cabeza de Juan Bautista con su aureola que nos recuerda a una estampa japonesa copiada por Moreau en el Palacio de la Industria, en 1869. Esta misma estampa nos evoca la famosa cabeza de Medusa exhibida por la magnífica escultura de Benvenuto Cellini y que representa a Perseo en el momento de haberla matado.

Para algunos autores el decorado del espacio que simula el palacio de Herodes estaría inspirado en la decoración de la Alhambra de Granada en el que Moreau recrea a partir de elementos dispares, un Oriente de ensueño, suntuoso y opulento en el que utiliza recursos técnicos complejos: trabajo de realces, rascado, incisiones etc.

El simbolismo en el siglo XIX

Fue presentada en el Salón de 1876, donde fue adquirida por el marchante belga Léon Gauchez (1825-1907, quién la prestó al año siguiente para la primera exposición de la Grosvenor Gallery, en Londres, comenzando a difundirse la figura de un Moreau cuya fama en los ámbitos artísticos y literarios se extiende rápidamente por todo el continente europeo.

A diferencia de sus coetáneos lo que pretendía Moreau con estas pinturas no era glorificar antiguas hazañas, ni excitar impulsos o pasiones como hicieran David o Delacroix. Su objetivo era ahondar en la psicología humana y mostrar sentimientos latentes en nuestra mente.

En este caso Moreau pretendió reflejar su obsesión por la confrontación entre hombre y mujer como una de las pasiones humanas más recurrente. La aparición muestra perfectamente como en esta relación entre hombre y mujer la voluntad del hombre es manejada sibilinamente por la mujer gracias al deseo sexual que despierta en Herodes y que le otorga poder absoluto sobre el destino de sus actos.

Moreau nos presenta así a Salomé como la diosa de la lascivia, una especie de monstruo peligroso que todo aquel que se acerque a ella será destruido, muy parecido a Medusa, que es traída al cuadro con la representación de la cabeza de San Juan Bautista.

Es una representación que temáticamente conecta con el gusto r0mántico por lo macabro y la dolorosa ambiguedad de la seducción, con Salomé como femme fatal muy del gusto de la pintura romántica de épocas precedentes.

Este tipo de cuadros que parecen ensoñaciones han querido interpretarse en numerosas claves y significados que no consiguen unificar el criterio de los investigadores, que sí parecen ponerse de acuerdo en que son fruto de las alucinaciones y visiones que tenía el artista dada su adicción a los opiáceos.