La serpiente de metal de van Dyck
Anton Van Dyck. 1618. Óleo sobre lienzo. 207 x 234 cm. Museo del Prado. Fotografía: www.jdiezarnal.com

Esta obra del joven Anton Van Dyck es una de las mejores obras del autor que se conservan en España. En este caso en el Museo del Prado.

Con apenas 20 años el joven pintor aprende de los grandes genios de su época y su tierra, como Jacob Jordaens o Rubens, en cuyo taller se cree que pudo realizar la obra antes de su viaje a Italia.

Cuestiones como la grandiosidad de la composición o la pincelada característica de Rubens, aunque más alargada, son aprendidas por Van Dyck mientras materalizaba esta obra.

El tema del cuadro alude al tema de la crucifixión de Cristo, tomada de la historia bíblica que podemos leer en el libro de los números (Números 21, 5-9) en la que nos narra como los israelitas, en plena travesía por el desierto tras abandonar Egipto, se habían ido apartando de la doctrina de Yahvé, que a través de Moisés les envía unas serpientes con las que causarles la muerte.

Tanto cayendo desde el cielo como enroscadas en miembros de personajes vemos estas serpientes, que son la materialización de la maldición y castigo por apartarse de la doctrina de Yahvé.

La historia nos cuenta que los judíos pidieron a Moisés que intercediera para terminar con la masacre. Moisés se presenta ante los judíos con una serpiente de metal que tenía el antídoto con el que curar las picaduras venenosas de serpiente.

Van Dyck nos muestra a Moisés junto a Eleazar (hijo de Aaron) portando una vara en cuya parte superior hay una serpiente de bronce enroscada que tenía poderes curativos frente a la mordedura mortal de serpientes, que es vista por los israelitas como su salvación.

La composición está fuertemente marcada por la diagonal que forman los brazos del personaje que está en segundo plano implorando la curación con unos manifiestos gestos de dolor y desesperación, como el hombre que se arrodilla ante moisés en un magnífico y complicado escorzo.

La figura de la mujer arrodillada es una de las representaciones más conseguidas por la concentración en ella de una intensa expresión de fe.

La anatomía y disposición de las figuras en el cuadro recuerda por su clasicismo y anatomía a Miguel Ángel.

Anton van Dyck fue junto con Rubens y Jordaens, uno de los máximos representantes de la pintura flamenca del siglo XVII, pues supo aprender lo más destacado de cada uno de ellos y componer así un estilo propio, como demuestra la reinterpretación de este mismo tema, que ya había pintado Rubens 10 años antes.