La dama con l'ermellino
Leonardo da Vinci. 1490. Óleo sobre tabla. 54 x 40. Museo Czartoryski. Cracovia | Fotografía: Wikimmedia Commons

La dama del armiño es, como casi todas las obras de su autor, Leonardo da Vinci, un enigma en sí misma.

En parte por su historia, en parte por la imagen que proyecta la enigmática mirada de la mujer, es un cuadro nunca ha pasado desapercibido por más que en un primer momento no fuera atribuido al genio italiano del Cinquecento, algo que hoy nadie se atreve ya a discutir con argumentos válidos.

Adquirido por la familia polaca Czartoryski a finales del siglo XVIII fue requisado por los nazis en la Segunda Guerra Mundial -y recuperado y devuelto a Cracovia por los aliados al finalizar la Guerra- hoy podemos disfrutar de él visitando el museo Czartoryski de la ciudad polaca.

Una de las interpretaciones más aceptadas de la obra es que se trata de una representación de Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, duque de Milán y mecenas de Leonardo da Vinci antes de que éste se traslade a Roma.

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Como protegido del Duque, Leonardo vivía en el castillo de Ludovico Sforza, donde pudo conocer a Cecilia Gallerani. Según fuentes de la época y la propia imagen la joven destacaba además de por su belleza por su sensibilidad artística en la interpretación de música y poesía.

El armiño que sostiene la muchacha, que es lo que da nombre al cuadro, está pintado con gran realismo y detalle. El armiño en el siglo XVI era considerado un animal propio de las clases altas, símbolo de pureza, virtud que el pintor quiere asociar a la joven amante del Duque.

También se ha asociado a la familia Sforza por el hecho de que en su escudo aparece la imagen de un pequeño armiño. En este sentido respondería al interés de la propia joven y del Duque de demostrar a toda la sociedad de Milán que estaban unidos.

Hoy sabemos gracias a las técnicas radiográficas que este animal fue añadido por el propio Leonardo una vez que la figura de la joven ya estaba terminada.

Compositivamente el cuadro está inscrito en una pirámide en cuyo interior la figura de la joven es sorprendida mirando hacia otro lado, instante que eligió el pintor para representarla de tres cuartos, quedando así ligeramente de perfil y que tiene su explicación en la obsesión del artista por captar la dinámica del movimiento en la figura “inmovil” de un cuadro.

La expresión facial responde a la voluntad de Leonardo de sugerir emociones más que de representarlas de forma explícita, resultando una imagen más fría y distante ero al tiempo más serena y noble.

Aunque el espacio en el que está la joven es indeterminado y aparentemente oscuro su rostro aparece iluminado con una luz intensa procedente de una ventana que en su día fue ocultada y que se ha descubierto recientemente gracias a radiografías del cuadro hechas con rayos X.