Cuadro de Klimt en el Museo Leupold de Viena
Gustave Klimt. 1916. Óleo sobre lienzo. 178 x 198. Leupold Museum. Viena | Fotografía: Wikimmedia commons

Esta obra de Gustave Klimt se expone como una de las joyas del Museo Leupold de Viena, integrado en el entorno de infraestructuras culturales del Museumsquartier de la capital austríaca.

La temática de la obra ahonda en la preocupación del pintor por la vida y la muerte, que fue especialmente recurrente al final de su vida, y que transmitió a otros pintores de la época como Schiele o Munch, que hicieron de este tema su principal obsesión a lo largo de sus respectivas carreras.

Lo primero que llama la atención es el formato casi cuadrado en lugar del formato tradicional rectangular, lo que le permite dividir el lienzo en dos partes bien diferenciadas.

A la derecha un grupo de personas amontonadas y entrelazadas entre sí como si se estuvieran abrazando. En la “maraña” de figuras reconocemos el abrazo de una mujer a su hijo y el que se dan un hombre y otra mujer, aunque en este caso Klimt elimina cualquier referencia erótica que pudiera despistar del tema principal de la obra.

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A la izquierda de la obra: la parca. Una figura que representa la muerte y que amenaza a las figuras que componen el grupo de la derecha. Está envuelta en un sudario de color oscuro decorado con cruces. Su cabeza de calavera y portando un objeto que podría identificarse con una guadaña le delatan, así como los colores violetas, indicativos de su función e intenciones.

La figura mira fijamente al grupo que permanece indiferente a su presencia y que algunos estudiosos han querido interpretar por su forma entrelazada como una representación del baile de la muerte, una danza de los muertos.

Esta ausencia de relación entre el grupo de personas y la figura de la muerte es, junto a la lúgubre sonrisa de la calavera, el elemento que mayor tensión genera en el espectador que asiste impasible al avance de la misma desde un entorno de colores oscuros hacia la luz, que es donde se encuentran las figuras y que de momento todavía se nos muestra con colorido, quizá sólo de momento.

Algunos estudiosos de la obra de Gustave Klimt han señalado que esa diferencia tan marcada no hace sino ahondar en el verdadero tema de la obra: el antagonismo entre la vida y la muerte. Una muerte que llega para todos de forma inexorable y que transcurre de forma lenta y parsimoniosa durante toda la vida.

Dentro de la pintura del maestro austríaco esta obra se enmarcaría en su época más puramente decorativista, por la manera en que ha representado el grupo de personas de la derecha, en el que no hay espacio físico real y se nos muestran en una visión carente de perspectiva.

El único elemento que no encaja desde el punto de vista estético es el colorido del fondo, mucho más oscuro que los típicos fondos dorados a imitación de mosaicos bizantinos que predominarán en su obra de esta época.

Apreciamos la maestría del pintor en el delicado y detallista dibujo que muestra en las figuras y en los fondos que, aunque parcialmente desdibujadas y difusos, consigue representar entornos que parecen ensoñaciones y mundos fantásticos.