También conocido como “Napoleón en el paso de San Bernardo”, esta obra de la que he tenido ocasión de contemplar tres de las cinco versiones que existen de la misma es, junto a los retratos ecuestres de Velázquez, una de las obras maestras del retrato ecuestre de toda la historia del arte universal.

Este retrato es un claro ejemplo de las obras que Napoleón encargó a David para engrandecer su figura, como ya lo viéramos en la coronación del emperador.

Representa el cruce de los Alpes del ejército liderado por Napoleón, aunque el tono de la figura, la iluminación y la pose del emperador no nos indique que estemos ante un general en plena travesía militar por los estrechos y peligrosos pasos de los Alpes que comunican Francia con Italia.

Napoleón aprovechó el verano de 1800 para atravesar la cordillera por el paso de San Bernardo y reforzar así la presencia de su ejército en Italia y frenar las ansias expansionistas de los austríacos en Italia.

A diferencia de lo que pudiera parecer por el tono victorioso y triunfal de Napoleón, la obra no fue encargada por el protegonista del cuadro, sino por encargo del embajador francés en España, Charles-Jean-Marie Alquier , que encargó a Jacques Louis David para ofercerla como regalo de parte de Carlos IV al emperador.

En el encargo se especificó que Napoleón debía de ir ataviado con el uniforme de Primer Cónsul. Se consultó al protagonista cómo quería que lo representaran y aunque en un primer momento indicó que lo pintaran revisando las tropas finalmente se decantó por que lo representaran en una escena cruzando los Alpes.

Aunque el paso se hizo en verano, con buen tiempo y en buenas condiciones, el cruce no se hizo a caballo, sino mediante una caravana de mulas de carga.

El afán propagandístico de Napoleón le llevó a pedir que incluyeran dentro de la obra referencias a grandes generales del pasado que atravesaran los Alpes con éxito, tal como lo estaba haciendo él mismo.

En este caso David incluye los nombres de Carlomagno y Anibal junto al suyo propio tallado en unas rocas que sitúa en la parte inferior de la obra.

El rostro joven del emperador, su atuendo y el gesto con la mano indicando a sus tropas que le siguieran sirvió al pintor para engrandecer la figura de Napoleón dandole un punto heroico, más propio de una acción propia del fragor de la batalla que de lo que estaba haciendo: cruzar los Alpes para sorprender a sus enemigos, en verano y ayudado de guías que le garantizaron el éxito en la travesía por las montañas, algo que seguro que no tuvieron ni Aníbal ni Carlomagno.