Berlín no es probablemente la capital europea con mayor cantidad de monumentos ni edificios históricos en pie. Ser la capital del país que se enfrentó activamente al mundo en dos guerras mundiales tuvo bastante que ver.

Pero a pesar de esto aún quedan algunos edificios antiguos que se han conservado hasta nuestros días. Es el caso de la Marien Kirche, o iglesia de Santa María, que es la iglesia más antigua de Berlín conservada.

De la original del siglo XIII no queda nada pues un incendio la destruyó casi completamente para ser reconstruida en el siglo XIV en el nuevo estilo gótico que combina piedra y ladrillo de una forma muy original. Lo que vemos en la actualidad es la iglesia tras la reconstrucción en 1950 después de los bombardeos que sufrió Berlín durante el asedio que dio por concluida la II Guerra Mundial.

Al exterior destaca la torre, que es el único elemento construido posteriormente. Concretamente a finales del siglo XVIII y su autor es el célebre arquitecto que levantó la Puerta de Brandemburgo: Carl Gotthard Langhans.

Pero más allá de los avatares que sufriera la iglesia por lo que realmente destaca y merece la pena su visita es por la pintura al fresco que se conserva en su interior.

Friso TotentanzLas pinturas fueron descubiertas ocultas tras un muro de ladrillos en 1860 tras unas obras de conservación. Datadas hacia 1485 ocupaban un total de 22 metros de largo y 2 metros de altura, actualmente están siendo restauradas y protegidas de la humedad y el deterioro en un espacio acristalado en la entrada principal de la iglesia.

Esta obra se compara con una obra similar en la ciudad de Lübeck, en la que el maestro realizó algo similar aunque de mayor calidad artística.

La totentanz de Berlín tiene unos dibujos muy primitivos y sencillos que se efectuaron directamente en la pared, de ahí las dificultades de restauración y el delicado estado de conservación de los mismos. A pesar de estas diferencias las similitudes entre ambas son evidentes y permiten establecer un claro paralelismo entre ellas.

Representa una secuencia de personajes de todas las clases sociales, profesiones y estratos alternados con sus alter-ego, es decir una especie de esqueleto que no es otra cosa que una alegoría de la muerte que “baila” con todos y cada uno de ellos independientemente de su condición.

Clérigos, campesinos, artesanos, comerciantes, caballeros, comparten todos en común una danza de la que nadie se puede librar y que fue un motivo iconográfico muy recurrente durante la alta y baja edad media.

Aproximadamente en la mitad del friso, aprovechando el espacio predominante de la columna resaltada que está en la esquina, encontramos una representación de Jesús en la cruz con la Virgen María y San Juan Bautista a su pies.

Bajo las imágenes hay unas inscripciones en un dialecto propio de la zona de Brandemburgo en el que se establece un diálogo entre la muerte y cada uno de los personajes a los que la parca va explicándoles a todos y cada uno de ellos que a pesar de sus acciones y su estatus todos al final tendrán que rendir cuentas ante ella.

En Berlín hay museos con colecciones sin duda de mucho mayor valor artístico, pero por singularidad este friso de la totentanz está al mismo nivel de algunos “iconos” de museos berlineses como el altar de Zeus y Atenea del Pergamo Museum o el busto de Nefertiti del Neues Museum.