[av_dropcap2 color=”default” custom_bg=”#444444″]E[/av_dropcap2]sta obra que representa la adoración de los Reyes Magos al niño Jesús es la propuesta personal que pintó Velázquez para el noviciado de San Luis de los Jesuitas de Sevilla.

Pintado durante su época Sevillana representó en la obra a los tres reyes magos y a un pastor ante la Virgen María, San José y el niño Jesús.

La pintura, como tantas otras de esta época del artista, resulta un tanto oscura al iluminar la escena a base de contrastes de color y claroscuros que hacen que algunas figuras se reconozcan mejor que otras. Un ejemplo bastante claro es el rostro negro sobre fondo casi negro del rey Baltasar, cuya efigie parece “emerger” de la penumbra, y que contrasta con los vistosos colores y la luminosidad que rodea al niño Jesús, al que de esta manera encuentra un lugar prediminiante en el cuadro, mas allá de su posición en el centro del mismo.

A diferencia de otras escenas similares pintadas en la época estamos ante un cuadro que podría pasar por una representación costumbrista de una familia en el calor de su hogar atendiendo una visita, lo que queda enfatizado por la utilización de modelos de personajes reales y no idealizados como era más frecuente en este tipo de escenas inspiradas en la Biblia.

Suntuosidad, protocolo y ceremonia están ausentes de esta epifanía, en la que Velázquez retrató a algunos de sus familiares: La Virgen María es la mujer del propio Velázquez, Juana Pacheco, el niño jesús es el retrato de una de sus hijas. El rey Gaspar (de perfil) su maestro y padre de su mujer, Francisco Pacheco, y el rey más joven se cree que es un autorretrato del pintor.

Cabe destacar la maestría de Velázquez en las calidades materiales de los objetos que portan los reyes magos. Estos objetos tienen una entidad propia y una definición realista que los hace parecer casi fotografías por el enorme realismo de los mismos. Es el caso de la copa que lleva el propio Velázquez o los cálices con las ofrendas que entregan al niño jesús los otros dos reyes.

La representación del niño Jesús sigue la moda de la época de presentarlo compeltamente envuelto en una tela, a los que se les llamó los “fajaditos”, de los que hay numerosos ejemplos en la pintura de la época y de siglos posteriores.

Los colores pardos y oscuros se mezclan con otros muy intensos y de gran luminosidad con los que consigue los claroscuros que permiten modelar los rostros de los personajes y hacerlos más reales, lo que resume perfectamente la pintura de la etapa sevillana del autor, que ejercitará hasta comenzar la llamada etapa madrileña del artista que se produjo cuando Velázquez se trasladó a vivir y trabajar en Madrid, previo viaje a italia a conocer a los maestros del Renacimiento, tal como le sugirió Rubens tras conocer su obra durante una visita al taller de Pacheco en Sevilla.