Napoleón en su trono imperial, como es conocida esta obra, es una de las singulares representaciones del general francés.

A diferencia de los numerosos retratos conservados que se hicieron de Napoleón en vida, éste es uno de esos ejemplos que no partieron como iniciativa del general, sino que fue el propio artista el que por iniciativa propia compuso y pintó la obra, lo que le permitió concebirla de una forma mucho más libre que lo hubiera podido hacer si hubiera sido encargada por el propio Napoleón.

Las dimensiones de la obra destacan por ser mucho mayores que las que solía utilizar el pintor en esta etapa de su obra, marcando de esta manera la singularidad del cuadro, al menos en lo que se refiere a este pintor.

Ingres concibe la figura de Napoleón de una forma un poco arcaizante, con un cierto aire medieval, lo que queda refrendado tanto por el rostro inexpresivo y frontal del personaje como por los angulosos y aparatosos paños de la vestimenta y atributos regios con que lo pintó.

Ingres se inspira en Van Eyck no sólo en su técnica minuciosa y preciosista, que se puede apreciar en el detallismo de la capa y las joyas, sino también en el realismo del rostro de Napoleón, que casi parece cobrar vida y “salirse” del cuadro.

Para identificar a Napoleón con la Monarcas de Francia de forma inequívoca el pintor no olvida ningún detalle relacionado con la misma, como es el cetro de Carlos V, la mano de la justicia de Carlomagno o el águila romana.

Representa a Napoleón como heredero legítimo del Sacro Imperio románico germánico en una representación idealizada de la figura del mismo, muy en la línea de la estética neoclásica que definió buena parte de la obra del artista.

La vestimenta con la que lo representa es la misma que se supone que llevó Napoleón Bonaparte para su coronación el 2 de diciembre de 1804, tal como demuestra el manto de terciopelo púrpura decorado con abejas doradas.

Esta forma de representarlo en la que toma más protagonismo la vestimenta del monarca que su propio cuerpo, que se “pierde” entre tantas alhajas, paños y joyas, incide de una forma muy sutil en las reducidas dimensiones del personaje.

En su cabeza una corona de laurel recuerda a los emperadores victoriosos de la antigüedad romana en cuyo esplendor se miró Napoleón, lo que contrasta con el aspecto de esta imagen de Napoleón, “perdida” entre tanto ropaje y símbolos regios, en lo que se ha querido interpretar como un sutil pensamiento del pintor sobre que el poder y el puesto que ocupa Napoleón le vienen grandes dada su capacidad.