Esta fotografía de Robert Doisneau es una de sus obras más reproducidas porque, además de contar como protagonista a uno de los genios de la historia del arte universal, Pablo Picasso, resume la concepción de la fotografía de su autor.

No soy muy dado a las etiquetas en la historia del arte, aunque reconozco que definir las fotografías de Doisneau como humanistas es muy acertada.

Si la fotografía es el arte de capturar un instante, en el caso de las obras de Doisneau ese instante tiene como protagonista el gesto o actitud de una o varias personas, que se convierten en el tema de la imagen.

Capturar un instante es representar ese momento mágico que se produce en décimas de segundo, con la luz y el encuadre perfectos, lo que la aleja de la improvisación. Sabemos que Doisneau pasaba horas observando el contexto que iba a fotografiar, analizando todo lo que en ese entorno podía de alguna manera formar parte de la fotografía influyendo en su resultado.

En este caso representa a Picasso sentado en una mesa preparada para tres comensales.

Picasso, sentado a la mesa, gira su cabeza hacia la ventana abierta y se abstrae del mundo. El fotógrafo capta ese momento en el que cualquier persona abandona la consciencia real y “se pierde” en su mundo interior. La mirada perdida de sus grandes ojos le permite recibir estímulos visuales, que permanecen completamente ajenos al artista, pues su visión en esos momentos es completamente interior.

Además de este momento capturado el artista incluye en la composición un elemento divertido que sirve para confundir al espectador. Una suerte de trampantojo que busca confundir y sorprender. Se trata de los grandes panes que parecen manos y que coloca a ambos lados del plato de Picasso. El fotógrafo los hace coincidir espacialmente con la altura y posición de sus brazos, lo que ayuda a que parezcan las manos del artista.

Unos panecillos/manos muy picassianos que nos recuerdan a los de uno de los cadáveres que podemos ver en la parte inferior izquierda de “el Guernica” cuyo brazo emerge de las ruinas de los bombardeos.El guernica

Gracias a esa mirada perdida de Picasso el trampantojo consigue su objetivo y el espectador, por unos instantes, “integra” los panes de la mesa como si realmente fueran las manos del artista.

En el fondo de la fotografía una puerta abierta tras la que sólo vemos oscuridad aporta un halo de misterio a la escena sobre quienes serán los acompañantes del pintor, que está en su mismo taller y que no serían otros que el propio fotógrafo y Francoise Gilot, su amante y con quien compartía su vivienda en Antibers, en la costa azul francesa. El jersey marinero y la luz mediterránea que entra por la ventana identifican el contexto del espacio interior en el que se encuentran.

En el centro cultural Canal puede verse esta obra dentro de la exposición dedicada a la obra del artista, en la que pueden verse algunas de sus icónicas fotografías, algunas de ellas verdaderos símbolos de la sociedad y personas que retratan.