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Blog de historia del arte

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Pintura

Lienzos, telas, tapices, tablas, etc.

Condenada por la Inquisición de Eugenio Lucas

Esta obra de Eugenio lucas es una de las que hizo con este tema.

Se trata de un tema recurrente en la época: los condenados por la inquisición sometidos al escarnio público exponiéndolos por las calles y plazas para que fueran objeto de burla y desprecio por parte de los ciudadanos. Seguir leyendo “Condenada por la Inquisición de Eugenio Lucas”

Alegoría de Virgilio de Simone Martini

Esta obra del artista italiano Simone Martini y que puede verse en la Biblioteca Ambrosiana de Milán no es su mejor obra, ni tampoco la más conocida.

Se trata de un raro ejemplo de su producción artística en la que nos demuestra su capacidad técnica para ilustrar un códice, el Codex Virgilianus, que hizo por encargo de Petrarca. Seguir leyendo “Alegoría de Virgilio de Simone Martini”

Ventana abierta, Niza, de Raoul Dufy

Open Window, Nice
Raoul Dufy. 1928 Óleo sobre lienzo. 65 x 53 cm. The Art Institute of Chicago | Fotografía: Galería de Flickr de Irina

La semana pasada tuve la oportunidad de visitar la exposición que ha dedicado el museo Thyssen Bornemisza al pintor de origen francés, Raoul Dufy.

Esta muestra, que cierra sus puertas el próximo domingo 17 de mayo, recoge una serie de obras que redescubren la faceta más intimista del pintor. También incluye los interesantes dibujos preparatorios para el Bestiario de Apollinaire, una de sus obras gráficas más reconocidas y valoradas.

Raoul Dufy fue un artista que se formó en el ambiente bohemio del Montmarte de finales del siglo XIX, en plena ebullición artística con la irrupción de las vanguardias posteriores al impresionismo.

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En sus primeras etapas, la obra de Dufy tenía influencia de los pintores impresionistas como Boudin o Camile Pisarro, hasta que visitó el salón de Otoño de 1905 y la obra de Matisse “Lujo, calma, voluptuosidad”, que le llevaron a inclinarse por la estética y presupuestos de la pintura fauvista. Su pintura se hizo más alegre y colorista, con una iluminación muy brillante.

Dufy utilizó el contraste de colores para definir espacios, alejandose de la perspectiva lineal o geométrica. De esta manera consigue dar la sensación de ser una creación espontánea en la que el color predomina claramente sobre el dibujo.

Esta obra representa una vista de la costa azul francesa, motivo recurrente en su obra y en la de Matisse, en la que vemos claramente los rasgos de su pintura fauvista, aunque también nos deja patente su gusto por el decorativismo y la fantasía que le sirvió para trabajar en el diseño textil y posteriormente en la decoración cerámica.

En el interior de la habitación vemos muebles de diferentes y contrastados colores (azules junto a verdes, rojos junto a amarillos, etc.), aunque la verdadera protagonista es la vista del mar que se aprecia por la ventana, cuyo reflejo podemos apreciar en el espejo del armario situado a la derecha. Un reflejo al que parece faltarle la luz del exterior encima de la barandilla y que no hace sino demostrar el alejamiento de la voluntad del artista de hacer una representación fiel del espacio, tal y como demuestra la posición de la mesa cuyas patas dibuja siguiendo una perspectiva diferente a la del tablero, que vemos como si de una vista aérea se tratara.

Una interesante exposición para descubrir a un artista al que le costó cierto tiempo alcanzar la fama en su época pero que es cada día mejor valorado por la singularidad de su estilo y su pintura, difícil de encasillar en uno u otro movimiento artístico.

San Jorge y el Dragón de Tintoretto

Tintoretto
Tintoretto. 1550. Óleo sobre lienzo. 157 x 100 cm. National Gallery de Londres | fotografía: Wikimmedia commons

Con motivo de la celebración del día de San Jorge os proponemos otra obra que trata el tema de la leyenda de la lucha del santo con el dragón.

El año pasado comentamos un San Jorge de Rafael que ejemplificaba perfectamente la pintura renacentista del genio del Renacimiento. Este año vamos a comentar una obra sobre San Jorge pero vamos a “avanzar” en la historia del arte unos años y nos vamos a desplazar a uno de los centros de arte más importantes de la segunda mitad del siglo XVI: Venecia.

Esta obra del pintor italiano Tintoretto muestra la escena de San Jorge de una manera muy original.

En lugar de situar en primer plano al héroe luchando contra el dragón desde lo alto de su caballo y nos lo muestra en el fondo del cuadro, reservando el primer plano para situar a la princesa que huye aterrada de la escena.

La representación de la princesa le sirve al pintor para demostrar su dominio del color y la técnica veneciana de representación de las telas al viento que forman una diagonal opuesta a la diagonal que forma la lanza de San Jorge clavándose en el dragón y que produce una sensación de movimiento en zigzag muy dinámica y típica de la época manierista.

La mujer corre hacia el espectador mientras gira su cabeza hacia atrás y dirige la mirada del espectador hacia la escena de San Jorge matando al dragón.

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Esta leyenda de Jacopo de la Vorágine es una de las más populares y nos remite al Santo jorge de Capadocia, que vino a salvar a la población del sometimiento a que tenía el dragón a una población.

El dragón anidó en la fuente que abastecía de agua a la ciudad y sólo permitía obtener agua de la misma a cambio de un sacrificio humano diario, que el pintor representa en el hombre muerto situado al lado de la escena de San Jorge matando al Dragón.

La escena tuvo lugar el día que fue seleccionada una princesa como víctima por el dragón, lo que desencadenó la lucha del oficial romano (San Jorge) con el mismo y el salvamento de la princesa.

Esta escena muy usual en la historia del arte ha sido tradicionalmente vista como un símbolo de la lucha entre el bien y el mal de la que siempre sale victorioso el bien.

Al fondo del cuadro un paisaje con una perspectiva aérea perfectamente ejecutada con un cielo del que “emerge” Dios Padre bendiciendo la victoria sobre el dragón y que cuenta la leyenda dorada de Jacopo de la Vorágine que sirvió para que, tras los acontecimientos, los habitantes de la ciudad abrazaran el cristianismo.

Buey desollado de Chaim Soutine

Soutine
Chaïm Soutine. 1926. Óleo sobre lienzo. 140 x 107. Musée de l’Orangerie. París | Fotografía: flickr

Esta obra de Chaim Soutine, que puede contemplarse en el musèe de L’Orangerie de París, es una de sus obras más conocidas y personalmente una de las que más me sorprendieron en una reciente visita a la capital del Sena.

De origen lituano, Chaïm Soutine (1893-1943) siempre se sintió atraído por el arte y la pintura, que siempre se preocupó en realizar de una manera muy personal.

Con 20 años es consciente de la necesidad de trasladarse al centro mundial del arte: París, donde se imbuyó de la bohemia sin mezclarse en ninguno de los círculos predominantes. Vivía en Montmartre en condiciones precarias junto a otros artistas como Marc Chagall o Amedeo Modigliani, que no se declaraban seguidores ni en el círculo de Picasso ni en el de Matisse.

Dentro de lo inclasificable de su pintura si que podemos afirmar que es un claro precedente del expresionismo, tanto en su vertiente figurativa como en la abstracta.

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Nunca reconoció que su arte estaba influenciado por pintores como Vincent van Gogh, del que adopta la forma compulsiva de aplicar las pinceladas en el lienzo, el Greco, del que adopta la deformación de las figuras, o de Rembrandt, cuya obra pudo conocer tras un viaje a Amsterdam, donde vio la obra del pintor flamenco “el buey desollado”, y que le sirvió de inspiración para este lienzo, con el que quiso hacerle un homenaje.Rembrandt van Rinj

En esta obra apreciamos su gusto por el cromatismo exacerbado a pesar de limitar la gama cromática a los colores rojizos y amarillos de la canal del buey desollado, que le sirve para representar las texturas de la carne del animal.

La composición es muy novedosa mostrando el buey colgado en una diagonal que recorre el cuadro de izquierda a derecha que acentúa la violencia de los colores de la sangre y la carne cortada, que algunos han interpretado como la gran herida que sufrió Europa tras la I Guerra mundial y que hizo del periodo de entreguerras una época convulsa.

Este cromatismo y la pincelada pastosa y cargada de pintura le acerca a la pintura de expresionistas como Emil Nolde, James Ensor u Oscar Kokoschka.

Su legado fue esencial para los expresionistas austríacos, para el expresionismo abstracto noreamericano de Wilhem de Kooning, así como por el grupo Cobra.

Lirios de Vincent van Gogh

Lirios de Van Gogh
Vincent van Gogh. 1889. Óleo sobre lienzo. 71 x 93 cm. J. Paul Getty Museum | Fotografía: wikimmedia commons

Cuando hace unos meses comentábamos la obra “lis lirios” de Ogata Korin, mencionabamos cómo ésta y otras obras japonesas inspiraron a no pocos artistas de la bohemia parisina de finales del siglo XIX.

En concreto hacíamos referencia a este cuadro del genial Vincent van Gogh, por la evidentes similitudes entre ambas obras, al menos desde el punto de vista formal, como puede apreciarse por ejemplo en la representación aislada de los lirios con afán decorativo, en un espacio carente de perspectiva.

Aunque van Gogh hizo numerosas pinturas y grabados con los lirios como motivo principal, este tiene la peculiaridad de haber sido pintado durante su estancia en el sanatorio de Saint Rèmy tras haberse cortado la oreja y antes de sufrir el primero de sus fuertes ataques psicóticos mientras estuvo interno.

La obra está claramente influenciada por las estampas japonesas de la época ukiyo-e, como lo demuestran los colores planos propios de las xilografías, la ausencia de modelado, el punto de vista en un primer plano muy cercano de las flores, cuyo dibujo está perfectamente definido por una línea negra de cierto grosor como si de un grabado xilográico se tratara.

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Sabemos que Van Gogh se hizo acompañar por un celador del hospital para encontrar la inspiración para pintar durante sus largos paseos por los jardines del centro, porque decía que pintando era la única manera que el tenía de no dejarse llevar por su locura. Estos lirios serían elementos que encontraría en los jardines del hospital, al igual que la noche estrellada sobre el ródano es la vista que tenía desde su propia habitación en el hospital.

Es especialmente llamativo el punto de vista, muy similar al que se utiliza en fotografía para representar insectos o flores, es decir, un macro de cerca para poder distinguir todos los detalles.

La composición queda definida por las líneas onduladas y sinuosas de los tallos y las hojas de los lirios que parecen acompasados con las tonalidades cromáticas equilibradas de las flores entre el verde y el malva, únicamente “roto” por la flor de color blanco, que dirige la mirada del espectador hacia el lado izquierdo del cuadro.

El violinista celeste de Marc Chagall

Chagall
Marc Chagall. 1934. Gouache sobre papel. 65 x 52 cm. Museu Municipal de Tossa de Mar | Fotografía: donmirkobellora

Esta obra del pintor bieloruso Marc Chagall es una de las que se conservan en nuestro país, concretamente en el museo municipal de Tossa de Mar.

Marc Chagall veraneó unos años (1933 y 1934) en esta localidad de la Costa Brava catalana y en agradecimiento por el trato recibido por la ciudad donó una obra como recuerdo que puede verse actualmente en el museo de la ciudad.

Chagall fue un pintor judío de origen ruso que pronto se trasladó a París para empaparse de las vanguardias y aprender del ambiente bohemio y artístico del barrio de Montparnasse, aunque tras un periodo de tiempo vuelve a su ciudad natal donde funda y dirige la escuela de artes.

Comprometido con la revolución de 1917 se integra en el movimiento para pocos años más tarde, desencantado por la sucesión de los acontecimientos, y ya terminada la I Guerra Mundial, regresar de nuevo a París, donde se instala en 1923. Por su condición de judío, tras la ocupación alemana de Francia tuvo que huir a EE.UU en 1941.

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Su obra optimista y fantasiosa está conectada con diferentes corrientes del arte moderno que la hacen inclasificable hasta cierto punto.

En este violinista celeste retoma un motivo que para el es muy importante y que repetirá a lo largo de su obra: el violinista.

Para Chagall el violinista es la ilustración del buen humor y la alegría de vivir, que entiende como la única vía para la supervivencia y el mantenimiento de los valores que tanto pesan en la tradición judía, amenazada aquellos años por la barbarie nazi.

En este caso vemos a un violinista volando por encima de los tejados de una aldea tranquila en un día soleado, mientras se cuela por la ventana de una casa, que le abre sus contraventanas de color azul, muy frecuentes en el ámbito mediterráneo.

El colorido vivo e intenso de esta obra es caracteristico de su obra, y es el medio que el artista utilizaba para comunicar ese optimismo y felicidad que transmiten sus obras a quién las contempla.

Aunque algunos han querido ver en el violinista al propio pintor, por su gusto por incluirse en sus obras a modo de espectador de las escenas que representa, esta teoría no está contrastada en ninguno de los cuadros que pintó con este motivo, y pintó muchos.

Chagall cultivó durante más de ochenta años un arte inspirado en el amor, los recuerdos, las tradiciones rusas y judías, los acontecimientos históricos o los hitos artísticos de los que fue testigo y, en muchas ocasiones, entre las que para algunos éste sería un ejemplo, se sitúa él mismo como protagonista de la obra.

La crucifixión de Juan de Flandes

Retablo de la Catedral de Palencia
Juan de Flandes. 1509. Óleo sobre tabla. 123 x 169 cm. Museo del Prado | Fotografía: Wikimmedia Commons

Esta obra qe representa la crucifixión, la más conocida del pintor hispano-flamenco Juan de Flandes, fue realizada que entre 1509 y 1518 para el retablo mayor de la catedral de Palencia, una de las ciudades en que Juan de Flandes estuvo activo tras la muerte de la reina Isabel la Católica, al servicio de la cual consiguió la fama y consideración como pintor que le permitió aceptar encargos importantes hasta su muerte.

La tabla es la escena principal del retablo, del que ocupa su parte principal. Estaba flanqueada por una representación del Camino del Calvario y un Santo Entierro de Cristo. La estructura escultórica del retablo, obra de Felipe Bigarny, ya estaba concluida cuando se encargó la obra al maestro hispano-flamenco.

Juan de Flandes representa la escena de la crucifixión desde un punto de vista muy bajo que recuerda composiciones de época renacentista con perspectivas muy marcadas por las líneas verticales de las cruz, la lanza del soldado y algunos elementos arquitectónicos que le dan al conjunto un aire que recuerda a algunas obras del Cuatrocento italiano y que incrementan la sensación de verticalidad debido al formato apaisado de la tabla.

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Juan de Flandes intenta centrar el interés sobre la figura de Cristo situándolo en el centro y colocando en torno a el un semicírculo de figuras entre las que hay un soldado, la Virgen María a la izquierda y unos personajes a caballo a la derecha de María Magdalena, entre otros.

Este recurso muy original se suma a la calida de la representación, tanto en las figuras como en los detalles y calidades materiales de lo que representa, con un importante énfasis en la representación de las emociones individualizadas de cada personaje, algo que en la pintura de la época era excepcional, como lo es el detallismo de determinados objetos que sitúa sobre la roca que sitúa en primer plano delante de la cruz.

En primer plano sitúa sobre esta roca una serie de elementos simbólicos: un frasco de ungüento que alude a la redención del hombre, unas piedras preciosas que simbolizan el Paraíso al que se accede gracias al sacrificio de Jesús, o la calavera y los huesos que nos hacen referencia a la crucifixión de Jesús en el Gólgota.

Esta riqueza compositiva que incluye, figuras, paisaje y naturaleza muerta representada en estos objetos que sitúa sobre la roca delante de la cruz, unidos a la calidad técnica de la obra hacen de esta tabla una de las obras maestras de la pintura hispanoflamenca del siglo XVI.

La obra ha sido aceptada por el Estado como dación en pago de impuestos de la empresa Ferrovial, procedente de una colección particular, por un valor de 7 millones de euros. Actualmente se expone en el Museo del Prado.

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