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El árbol de Jesé

Este retablo de la iglesia de Santa María del Castillo es una de esas agradables sorpresas que descubres, casi por casualidad, visitando alguna iglesia modesta durante una parada en la visita de alguna localidad en el tránsito de un viaje.

Camino de Lisboa tuvimos la suerte de encontrarnos esta magnífica obra, que nos dejó bastante impresionados. No sólo por la factura y belleza de la misma, sino por la monumentalidad y lo atractivo del retablo en sí mismo. Seguir leyendo “El árbol de Jesé”

Crucifixión de San Pedro de Caravaggio

Esta obra de Michelangelo Merisi da Caravaggio es la segunda versión de uno de los dos cuadros que pintó para la capilla Cerasi en la iglesia de Santa María del Popolo de Roma.

Enfrente de este magnífico lienzo pintó “la conversión de San Pablo en el camino a Damasco”, que junto al frontal de altar de Anibale Carraci componen el conjunto que encargó Tiberio Cerasi para la iglesia en el año 1600.

Ambos cuadros, pero especialmente esta crucifixión de San Pedro, tuvieron una primera versión que como en otras obras de Carvaggio no gustó al mecenas que la encargó y que finalmente pasaron a la colección privada de un cardenal, de la que se conoce el paradero de la conversión de San Pablo pero no hay unanimidad sobre la identificación de la primera versión de este San Pero crucificado.

El programa iconográfico de la capilla hay que entenderlo en el contexto contrarreformista de una iglesia, la de Santa María del Popolo, que es la primera a la que accedían los peregrinos al llegar a Roma desde el Norte. Cerasi pretendió representar los dos pilares en los que se asienta la iglesia católica apostólica y romana: San Pedro y San Pablo.San pablo en la capilla Cerasi

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La representación de San Pedro es como en otras obras de Caravaggio la de un viejo con la fisionomía vulgar y decrépita propia de una persona de avanzada edad, aunque en este caso con mayor fortaleza y dignidad que en otras, en cuyo rostro es visible claramente el dolor y la angustia del personaje ante su inminente muerte en la cruz, alejándole de cualquier halo de santidad.

Caravaggio aprovechó el hecho de la crucifixión en una cruz invertida para componer un escorzo en diagonal muy violenta hacia abajo y coloca a San Pedro intentando incorporarse adelantando su torso para mirar “fuera” del cuadro hacia un crucifijo situado en el altar, en un gesto que dota a la escena de una gran tensión y movimiento.

Los romanos que proceden a levantar la cruz son representados como figuras tenebrosas en la sombra, con sus rostros casi ocultos y poco definidos, con lo que pretende significar el importante esfuerzo que tuvieron que hacer para levantarlo, como queda patente en las posiciones contranatura que están haciendo para poder ejecutar su trabajo.

Respecto a la iconografía de la crucifixión de Jesucristo, en este caso llama la atención la ausencia de sangre y manifestaciones evidentes del martirio.

Como no podía ser de otra manera tratándose de Caravaggio la luz se centra en iluminar al personaje principal y componer su figura a través del claroscuro que Caravaggio consigue anulando casi por completo el contexto en el que se desarrolla la escena (y casi de los otros personajes del cuadro) que queda en penumbra, sin paisaje ni espacio reconocible, centrando así la atención en lo importante: la crufixión de San Pedro.

Naturaleza muerta con jarras y tazas de Zurbarán

Naturaleza muerta con jarras y tazas, también conocida como Bodegón con cacharros, es una de las obras más conocidas de Francisco de Zurbarán (1598-1664), que además fue uno de los precursores del bodegón español, diferenciado de los de tradición europea, más ampulosos, exóticos y exuberantes.

Su gusto por las formas sencillas y los volúmenes elementales en composiciones sobrias y muy “pictóricas”, como la que tenemos en este magnífico bodegón, le harán identificarse muy bien con los valores de la contrarreforma católica, pues consiguen representar los elementos vulgares como estas jarras y tazas en auténicas obras de arte.

En este caso representa tres recipientes de cerámica y uno de metal además de dos platos de metal en una composición yuxtapuesta en el que las cuatro piezas se alinean con claridad sobre un mismo plano, separadas e individualizadas unas de otras.

Zurbarán tenía una extraordinaria sensibilidad para apreciar y reflejar lo cotidiano de una forma sencilla, sin artificios, sirviéndose del crudo realismo que consigue en las vasijas con la técnica del claroscuro.

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Las texturas de los recipientes permiten al pintor experimentar el efecto que tienen sobre ellas la iluminación y los reflejos.

El colorido del cuadro es pobre, en consonancia con la austeridad del espacio en el que se ubican.

La luz es claramente tenebrista resaltando los objetos, que parecen “recortarse” del fondo, y que armonizan sin esfuerzo con la austeridad del colorido y la composición.

Es una de las mejores obras de Zurbarán, ya que pertenece a una de sus etapas más prolíficas, anterior a su etapa de crisis tras la muerte de su esposa.

Zurbarán tenía una capacidad excepcional por apreciar y reflejar lo cotidiano de la manera más simple.

A pesar de su escasa pericia como pintor, es uno de los máximos exponentes de la escuela andaluza de pintura barroca. Gozó de reconocimiento por parte del público y éxito comercial hasta la aparición en la escena pictórica de Murilo, que será quién desde ese momento acapare todo la atención del mundo del arte.

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