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Diego de Velázquez

Adoración de los reyes magos de Velázquez

[av_dropcap2 color=”default” custom_bg=”#444444″]E[/av_dropcap2]sta obra que representa la adoración de los Reyes Magos al niño Jesús es la propuesta personal que pintó Velázquez para el noviciado de San Luis de los Jesuitas de Sevilla.

Pintado durante su época Sevillana representó en la obra a los tres reyes magos y a un pastor ante la Virgen María, San José y el niño Jesús. Seguir leyendo “Adoración de los reyes magos de Velázquez”

Cristo crucificado de Velázquez

Cristo de san Plácido
Diego de Velázquez. 1632. Óleo sobre lienzo. 250 x 170 cm. Museo del Prado. Madrid
Foto: Wikimmedia

Esta obra de Velázquez conservada en el Museo del Prado de Madrid es uno de los mejores ejemplos de representaciones de cristo crucificado del barroco español.

La representación barroca de Cristo en la cruz adquirió un esquema propio desarrollado durante el barroco siguiendo el esquema del Cristo crucificado que Francisco Pacheco -suegro de Velázquez- pintó en 1614.

El cristo de Velázquez se conoce también como Cristo de San Plácido pues fue pintado por encargo para el convento de religiosas de la Encarnación Benita de Madrid, conocido como de San Plácido. Tras pasar por diferentes dueños en el siglo XIX fue regalado a Fernando VII y de ahí a las colecciones reales del Museo del Prado.

Este cuadro está pintado en la época en la que Velázquez ya ha visitado Italia y ha podido aprender de los grandes maestros del renacimiento y todo el arte clásico aspectos de la representación como los estudios anatómicos de las figuras, especialmente los desnudos, o el tratamiento de las túnicas y los ropajes.

Velázquez pintó a cristo clavado en la cruz sobre un fondo neutro, sin ningún elemento ni escena compositiva que lo contextualice. La pintura barroca no pretende “ilustrar” los Evangelios como en otros estilos precedentes.

En el barroco la pintura tenía como principal función conmover a los fieles y suscitar a la fe. Por eso Velázquez ha omitido cualquier referencia espacial y temporal a la escena de la crucifixión.

La imagen es un desnudo frontal que permite al espectador apreciar la belleza corporal de Cristo y su expresión serena y contenida que le confiere una gran dignidad, a pesar de las penurias pasadas durante el Vía Crucis.

La iconografía del cristo crucificado desarrollada por su suegro, Francisco Pacheco, se basa en la representación del cristo con cuatro clavos en lugar de tres. Cada pie está clavado con un único clavo, en lugar de uno para los dos, que obligaría al cristo a cruzar las piernas y generar una mayor tensión muscular en la figura todavía viva.

Además los pies están apoyados en un pedáneo, lo que permite relajar la tensión de los brazos, y hacen un contraposto apoyando todo el peso en la pierna derecha, lo que da a la figura de Cristo un mayor naturalismo y sensación de movimiento.

El paño que cubre la desnudez de cristo, llamado paño de pureza o perizoma, es muy reducido y austero con el objetivo de poner el acento en el cuerpo desnudo.

La cabeza de cristo presenta un halo luminoso de santidad que emana de la cabeza de cristo, cuyo pelo cae por la izquierda de la cara tapando parcialmente sus facciones. Para el cartel Velázquez sustituye las siglas I.N.R.I -“Jesús nazareno rey de los judíos”- por su escritura en latín, hebreo y griego y que coloca en lo alto de la cruz.

A pesar de las muchas las leyendas que acompañan al cristo de Velázquez, que han acrecentado su interés por parte de los estudiosos y el público, Velázquez supo representar la santidad hecha hombre como nadie en toda la Historia Universal del Arte.

POEMA DE UNAMUNO AL CRISTO DE VELÁZQUEZ

Niños comiendo uvas y melón de Murillo

trauben und melonenesser
Murillo. Óleo dobre lienzo. h. 1650. 146 x 104 cm. Alte Pinakothek. Munchen
Foto: Wikimmedia

Esta obra del genial pintor español del barroco, Bartolomé Esteban Murillo, es considerada una de las mejores de este género que puede contemplarse en la Alte Pinakothek de Munich.

Este tipo de pinturas, carcaterizadas por el gran realismo y naturalismo, constituyeron una tipología pictórica propia del barroco español, especialmente en pintores como Velázquez o el propio Murillo. Estas escenas, cargadas de humanidad y simpatía tienen como protagonistas a niños mendigos en diversas actitudes.

Murillo nos representa una escena de mendicidad y pobreza que podía contemplarse en la Sevilla de la época. Una gran ciudad que a causa de los estragos de la peste y la crisis económica y social del momento, tenía unos elevados niveles de pobreza, miseria y pillaje.

En este caso el artista representa a dos niños sentados uno al lado de otro comiendo fruta. El de la derecha parece estar en una posición superior a la de su compañero. Tiene la mejilla hinchada e la cantidad de fruta que se ha metido de golpe en la boca y sostiene con la mano el cuchillo con el que está cortando la rodaja de melón que tiene apoyada sobre sus rodillas.

El niño de la izquierda está sentado directamente en el suelo, al lado de la cesta llena de uvas, que es en sí misma un bodegón dentro del cuadro.

Las ropas de ambos personajes son harapos hechos jirones. Están descalzos y sucios, aunque se les ve aparentemente felices tras haber sustraído el botín que devoran con avidez.

El cuadro se compone de dos líneas diagonales: la que une las miradas de los niños y la otra la que marca el brazo con el que el niño de la derecha sostiene la rodaja de melón.

Murillo juega con las luces y las sombras para dirigir la mirada del espectador hacia los niños, que casi nos hacen obviar las ruinas en penumbra del fondo de la obra. La luz entra desde la izquierda del cuadro, la vestimenta del niño de la izquierda y la carne de la rodaja de melón.

La utilización de los colores y la pincelada recuerda a la escuela veneciana. En el caso de los colores los combina con astucia al suavizar los contrastes entre blancos y negros con gradaciones de verdes y ocres. Con la pincelada suave consigue una plasticidad y suavidad propias de a pintura de grandes maestros como Tiziano.

Pero sobre todo destaca el realismo con el que refleja una escena que por aquella época debía ser habitual en las calles de Sevilla, dónde el se inspiraría para pintar estas escenas que suscitan sentimientos a camino entre el patetismo y la ternura de dos supervivientes en un mundo cruel con los más desfavorecidos.

La rendición de Breda de Velázquez

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Diego de Velázquez. 1634. Óeo sobre lienzo. 310 x 370. Museo del Prado. Madrid
Foto: Wikimmedia

La Rendición de Breda, o las lanzas, es un famoso cuadro pintado por Diego Velázquez entre 1634 y 1635 que puede contemplarse en el Museo del Prado en Madrid.

El cuadro representa la capitulación de Justino de Nassau el 5 de junio de 1635 ante las tropas de Ambrosio de Spinola que al frente de 40.000 hombres reconquistó la ciudad perdida en 1590 de manos de Mauricio de Nassau-Orange.

Este cuadro forma parte del conjunto de 12 cuadros sobre diferentes batallas que se destinaron a decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, y que fueron ejecutados por los principales artistas de la época: Vicente Carducho, Jusepe Leonado, Juan Bautista Maino y Antonio de Pereda.

Velázquez resuelve la escena colocando a los dos personajes principales en el centro del cuadro en una actitud mñas cercana a un diálogo entre amigos que a una capitulación como tal. En ningún momento carga las tintas con los vencidos ni con el acto en sí, apartándose de la representación tradicional de los héroes militares

Justino de Nassau, a la izquierda, está ataviado con un coleto y calzón de color parduzco con adornos. Porta las llaves de la ciudad.

Destacan las lanzas de ambos lados del cuadro, de ahí que se conozca con este otro nombre. Además vemos como Velázquez caracteriza individualmente los rostros de todos los soldados, que parecen auténticos retratos.

A la izquierda hay soldados holandeses armados solo con unas cuantas alabardas adornadas, mientras una gran columna de humo se alza detrás de ellos. A la derecha podemos observar a oficiales españoles quitándose el sombrero para señalar este momento ceremonial.

En esta como en otras obras del pintor, nos demuestra su capacidad de representar la clemencia y la compasión hacia el vencido pero huyendo en todo momento de mostrar la humillación.

La llave es el elemento central del cuadro pues simboliza la capitulación y la rendición de la ciudad ante las tropas del rey de España Felipe IV.

Como buen pintor barroco a Velázquez le gustaban las composiciones abigarradas, el naturalismo en lo representado, las posturas sinuosas y los contrastes de luz, color y sombras.

Velázquez intenta hacer partícipe al espectador para lo que recurre a ciertos recursos, como figuras que miran fijamente al espectador, haciéndolo partícipe de la escena.

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