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Blog de historia del arte

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Neoclasicismo

Napoleón entronizado de Ingres

Napoleón en su trono imperial, como es conocida esta obra, es una de las singulares representaciones del general francés.

A diferencia de los numerosos retratos conservados que se hicieron de Napoleón en vida, éste es uno de esos ejemplos que no partieron como iniciativa del general, sino que fue el propio artista el que por iniciativa propia compuso y pintó la obra, lo que le permitió concebirla de una forma mucho más libre que lo hubiera podido hacer si hubiera sido encargada por el propio Napoleón. Seguir leyendo “Napoleón entronizado de Ingres”

Napoleón Cruzando los Alpes de David

También conocido como “Napoleón en el paso de San Bernardo”, esta obra de la que he tenido ocasión de contemplar tres de las cinco versiones que existen de la misma es, junto a los retratos ecuestres de Velázquez, una de las obras maestras del retrato ecuestre de toda la historia del arte universal.

Este retrato es un claro ejemplo de las obras que Napoleón encargó a David para engrandecer su figura, como ya lo viéramos en la coronación del emperador. Seguir leyendo “Napoleón Cruzando los Alpes de David”

Psique reanimada por el beso del amor

Escultura neoclásica de Antonio Canova
Antonio Canova. 1793. Mármol. 155 x 168 cm.  Musée du louvre | Fotografía: Wikimmedia Commons

 

Esta escultura neoclásica del escultor italiano Antonio Canova que se conserva en el Museo del Louvre fue iniciada por el artista en 1787 y terminada en 1793.

La escultura representa el instante en el que Eros, representación del amor, despierta a Psique, representación del alma, de su sueño tras cumplirse la maldición de la esposa de Plutón, Proserpina, al romper psique el jarrón de ésta.

Para Canova el objeto de la escultura no era representar el mito ni la historia que hay detrás de los personajes, que son una mera excusa para componer una obra de marcado carácter clásico sino sobre todo desde el punto de vista estético.

El escultor busca representar la pasión y el amor de dos personajes en lo que es un conjunto bastante “teatral” y efectista, como lo demuestra el abrazo imposible en el que se intentan fundir las figuras de Eros y Psique.

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La composición de las figuras en el conjunto no es casual. El artista intenta centrar la atención en las cabezas de las figuras un instante antes de besarse. Para conseguirlo intenta hacer converger las líneas que conforman las alas y las piernas de Eros, que se juntan a la altura de las cabezas de las figuras, en la convergencia de ambas líneas (que conforman una “X”).

La elección del mármol es interesante desde el punto de vista del contrapunto entre la frialdad del material elegido y lo que representa en la imagen, que pretende recoger sensaciones como la calidez, la ternura y el erotismo entre las figuras.

Para Canova la inspiración es directamente la antigüedad grecorromana (más romana que griega) en una época en la que se vuelve la mirada directamente hacia la antigüedad, evitando la “contaminación” de lo clásico tal como se reinterpretó en el Renacimiento.

Esta vuelta a los valores y las formas de la antigüedad clásica acerca las obras de Canova a la perfección de las formas desde el punto de vista del clasicismo, con el gusto por las representaciones de figuras desnudas en mármol muy pulimentado y perfectamente perfiladas y cinceladas, además de utilizar temas mitológicos como objeto de las obras.

En este caso se remite al mito del Asno de oro en el que se nos cuenta que Psique, la menor de tres hermanas, sobresalía por su belleza respecto a éstas.

Cuando Psique se convierte en mujer se comparó su belleza con la de Afrodita, quién ante la amenaza que suponía para la supremacía de su belleza pidió a su hijo Eros que matara a psique convertido en un enorme monstruo.

Cuenta la leyenda que en el momento de la aparición de Eros convertido en monstruo, un viento de Céfiro “transportó” a psique a un valle en el que se durmió a la espera de que ser despertada en un mundo dominado por la belleza y la opulencia.

Tras sufrir una serie de maldiciones e infortunios Zeus finalmente fue benévolo con la pareja y desencantó a Psique (a petición de Eros), que se despertaría de su profundo sueño en brazos de su amado Eros, a quién se unió para siempre en cuerpo y alma.

Canova representa el momento exacto en el que la pasión de Eros llega a la boca de Psique, que comienza a despertar en sus brazos como resultado y culminación del amor y que resume la obra del escultor italiano, que demuestra su virtuosismo en el tratamiento del mármol y el conocimiento de la antigüedad clásica y la estética de inspiración grecorromana.

El juramento de los Horacios de David

El juramento de los horaciosEstamos ante una de las obras más conocidas del genio francés del neoclasicismo: Jacques Louis David.

El tema principal del cuadro es en parte una de las claves de su popularidad pues el autor se sirve de contraponer dos sentimientos muy diferentes para generar tensión dramática: de una parte el sentimiento del deber por la patria representado en los hombres que se disponen a coger sus espadas para luchar y de otra el de los sentimientos que se desencadenan al tener que luchar contra miembros de su propia familia.

La historia cuenta que dos familias, una de Roma (horacios) y otra de Alba Longa (curiacios), sentían gran amistad.

Ambas ciudades entran en una larga guerra y tienen que pactar un modo de resolverla: designar a tres campeones que luchen entre sí para decidir la suerte de ambas ciudades.

La suerte quiere que sean los trillizos de ambas familias quienes luchen entre sí. Los Horacios vencen aunque Horacio, el mayor de los tres, pierde a sus dos hermanos en la lucha, además de perder el favor de una hermana, que estaba casada con uno de los miembros de la familia rival al que mató.

Esta obra fue materializada por David durante su segundo viaje a Roma, que provocó en su pintura un giro hacia un clasicismo desde el punto de vista técnico que nos recuerda a Rafael e incluso en las propias raíces del clasicismo de época antigua.

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Sin embargo la evolución en su pintura tuvo otras causas de índole social, como el cambio de mentalidad y en el gusto estético de la pintura como reacción a los temas frívolos y cortesanos del Rococó, que algunos autores extrapolan también a los acontecimientos políticos y sociales de la Francia prerrevolucionaria.

Con esta obra pretende exaltar el patriotismo de los individuos por una idea: la colectividad de la nación. Un concepto nuevo que será el germen de los enfrentamientos armados y conflictos internos que tendrán lugar en la geografía Europea durante todo el siglo XIX.

Las figuras huyen del naturalismo y dinamismo del barroco y buscan en su inspiración clásica asemejarse a esculturas de formas contundentes y perfectamente definidas, algo que el artista logra con gran maestría.

La teatralidad de la escena busca ahondar en el carácter moralizante de la obra y lo consigue contraponiendo los gestos y las posturas rotundas de los hombres representando valores coomo la determinación y el sacrificio frente a las posturas más curvilíneas y melancólicas de las mujeres que buscan representar sentimientos como la tristeza.

En esta pintura de Jaques Louis David vemos claramente el predominio del dibujo sobre el color, en lo que es una de las características que más lo separarán de épocas precedentes. Su pincelada es muy lisa, casi indefinida, lo que contrastará mucho con la pincelada suelta y dinámica más propia de la pintura Barroca y Rococó.

Podríamos dividir el cuadro en tres partes claramente diferenciadas por su composición. Tres grupos perfectamente equilibrados bajo un marco arquitectónico definido por un arco de medio punto, otro aspecto que alejará la obra de los presupuestos estéticos que triunfaron en el Barroco para acercarse más a los que se desarrollaron durante el Renacimiento.

El equilibrio de la línea y el color así como la iluminación, con la que busca reforzar la sensación escultórica de las figuras, o la perspectiva lineal que define el espacio en la que se integran todas las figuras son otros intentos que buscan alejarse de la pintura barroca.

La fuente de Ingres

El manantial es una de las obras maestras del neoclasicismo y del pintor francés Ingres

También conocido como “el Manantial” es una de las obras maestras del Neoclasicismo. Actualmente expuesto en el Musée d’Orsay y fue pintado por Jean Auguste Dominique Ingres en 1856 y es considerada como una de sus obras maestras.

Quizá una de las anécdotas del cuadro es que el pintor estuvo retocandolo durante más de 50 años desde 1820 hasta 1856, año en el que dio por terminada la pintura, lo que explica la virtuosidad del resultado y el realismo de la representación, especialmente del agua que sale del carrón que lleva la mujer en el hombro y discurriendo entre los dedos de su mano abierta antes de caer en el río de la parte inferior del cuadro.

La mujer representa una odalisca, mujeres esclavas que durante el imperio Otomano ejercían de asistentes de las concubinas del harén del sultán.

Ingres se sirve de la representación de una mujer desnuda para simbilizar el nacimiento de los ríos, algo que se hacía tradicionalmente en la pintura de la época al utilizar jóvenes o niñas para representar fuentes, manantiales o ríos.

La mujer se presenta completamente desnuda con un rostro inexpresivo que se acentúa con la mirada perdida de la mujer, que se pierde en el infinito.

El tratamiento plástico de la mujer es sorporendente y más propio de una escultura de bulto redondo con una postura en la que parece posar para el artista, lo que redunda en la quietud y el hieratismo de su figura, que recuerda a la estatuaria clásica y los valores del canon de las esculturas de la Antiguedad.

Ingres demostró en esta obra su interés por encontrar la belleza ideal y por representarla con gran realismo, con recursos como una pincelada gradual menos brillante conforme se acerca al contorno de la figura y que sugiere el tacto aterciopelado de la piel y de la carne humana.

El pintor sitúa a la odalisca en el borde del río, que pisa parcialmente mojándole los pies que se reflejan perfectamente en la superficie del agua.

El fondo rocoso de la hornacina que se abre en la montaña, con sus plantas trepadoras y el ambiente rocoso redunda en la frialdad de la imagen, y el aspecto casi marmóreo de la figura femenina y que al igual que en otras obras del pintor en las que representa odaliscas y mujeres desnudas, sus psturas son algo forzadas y rebuscadas, como vemos en la postura de los brazos para sostener el jarrón del que cae el agua hacia su mano y el río.

En el momento de terminar la obra Ingres ya disponía de un número importante de colaboradores, que le ayudaban a materializar estas obras de gran formato, en el que participarían aplicando los colores al magnífico dibujo del artista.

Napoleón visita a los apestados de Jaffa de Gross

Bonaparte visitando a los apestados de Jaffa
Jean Antoine Gross. 1804. Óleo sobre lienzo. 715 x 523. Musée du Louvre. París
Foto: Wikimmedia

Napoleón con los apestados de Jaffa es, junto a a batalla de Eylan, una de las mejores obras del pintor neoclásico que anticipó el prerromanticismo: Jean Antoine Gross.

La pintura nos muestra al emperador Napoleón entre los apestados, bajo un escenario arquitectónico medieval, que podemos apreciar en los arcos de ojivales de inspiración gótica y los de herradura y los minaretes del fondo, tomados de la arquitectura musulmana.

Al fondo y en lo más alto de una construcción que hay en las montañas del fondo, ondea una bandera francesa como prueba de su dominio sobre la ciudad.

Gross era discípulo de Jacques Louis David, su maestro, de quién aprendió los presupuestos de la pintura neoclásica, que desarrolló en obras como ésta que anticiparon los presupuestos estéticos del romanticismo.

Pinta a Napoleón en el centro y lo representa en el momento de acercarse y tocar el bubón de uno de los enfermos, lo que sin duda es una interpretación atrevida de una escena que nunca sucedió y que le sirvió al pintor para resaltar la figura del emperador, a quién todos quieren ver y tocar, como si de un curador o ser milagroso se tratara.

En el momento de tocar al apestado, su acompañante se tapa la boca simbolizando el asco, el mal olor y el elevado riesgo de contagio de la enfermedad de estos personajes: la peste. Este personaje era el médico jefe del ejército, René-Nicolas Dufriche, más conocido como Desgenettes.

Rodeando a Napoleón y Desgenettes representa la miseria de los pobres enfermos, demacrados y prácticamente desnudos, algunos de ellos atendidos por médicos que visten ropas orientales.

La escena está inspirada en uno de los viajes del emperador durante la campaña de Egipto que tuvo lugar en 1799.

Jaffa fue una ciudad a orillas del Mediterráneo en la que los servicios sanitarios franceses organizaron la asistencia a una gran cantidad de soldados afectados por una epidemia de peste.

La obra es sin duda una pintura encargada por el propio Napoleón como parte de una campaña de autopropaganda que promovió en su acceso al poder absoluto y que el propio pintor pagó con su vida cuando, tras la caída del emperador que le garantizó fama y fortuna, Napoleón, sus obras fueron criticadas por los academicos y terminó suicidándose arrojándose al Sena, donde se ahogó.

La muerte de Viriato de José Madrazo

José de Madrazo
José de Madrazo. 1807. Óleo sobre lienzo. 307 x 402. Museo del Prado. Madrid
Foto: Wikimmedia

Esta obra de José de Madrazo, que nos recuerda al genio francés Jacques Louis David, es uno de sus cuadros más importantes y una de las obras más representativas de la pintura neoclásica en España.

El lienzo estuvo pensado para formar parte de una serie de lienzos con escenas que representaran la heroicidad del pueblo español, en un momento histórico en el que se genera un fuerte sentimiento de los español, en reacción a la inminente invasión francesa de nuestro país.

Madrazo sitúa las figuras a modo de friso clásico con personajes que siguen una proporción y un canon clásico perfilado gracias a un dibujo preciosista sin contrastes ni manchas de color que deformen la percepción visual del conjunto.

La escena recrea el asesinato de Viriato, rey de los Lusitanos que resistió 14 años frente al imperio romano, al que consiguió vencer en más de 6 batallas.

Tras una breve capitulación con Roma, que mantuvo la paz un breve periodo de tiempo, un cónsul romano aprovechó el momento para sobornar a los amigos del rey luso, que lo asesinaron a traición en el año 139 a.c.

La imagen representa a los soldados del propio Viriato en el momento de descubrir el asesinato de su general. José de Madrazo representa a esos amigos y oficiales del ejército lusitano: Audax, Ditalkón y Minuro, que abandonan la escena a la derecha de la composición, mientras su seres queridos lloran de forma contenida la pérdida de su rey en la parte de la izquierda.

El dolor contenido de los soldados de Viriato parece anticipar lo que se les viene encima tras la pérdida del baluarte de esa resistencia frente al todopoderoso imperio romano.

El pintor propone una escena en la que las telas de la tienda de campaña componen un escenario con cierta teatralidad al permitir centrar la escena en el cuerpo de Viriato y evitando en todo momento desviar la mirada del espectador hacia cualquier otro lugar.

Madrazo pintó esta obra en 1807 durante una estancia formativa en la Academia de San Lucas en Roma.

Cristo crucificado de Goya

Cristo de Goya
Francisco de Goya y Lucientes. 1780. Óleo sobre lienzo. 255 x 154. Museo del Prado. MAdrid
Foto: Wikimmedia

Este Cristo crucificado es obra de Francisco de Goya y Lucientes y fue pintado 150 años más tarde que el Cristo que pintó Velázquez y que comentamos en la píldora anterior.

Esta es la obra con la que Goya se presentó en 1780 para ingresar como académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Aunque la estética de la imagen es claramente neoclásica se relaciona con el cristo de Velázquez por seguir algunas de las pautas de la iconografía barroca para este tipo de representaciones que ya vimos que desarrolló Francisco Pacheco.

Siguiendo algunas pautas de la estética neoclásica, Goya le quita carga devocional a la imagen limitando el uso de la sangre y reduciendo su dramatismo, que limita únicamente en su mirada hacia el cielo en un gesto de éxtasis, que coincide con el momento que nos cuentan las escrituras en el que se dirige a Dios y le pregunta: ¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Goya se decide por esta representación para poder hacer gala de su maestría en el dominio del dibujo de la anatomía humana, a través de un desnudo que estuviera “permitido”, como en las representaciones de Cristo en la cruz.

La composición del cuadro está dominada por la línea en “S” que conforma la postura en la que coloca el cuerpo de Cristo. Un cuerpo joven y hermoso, con la pierna derecha adelantada y los pies firmemente apoyados sobre el subpedáneo.

El resultado es una figura armoniosa que apenas presenta signos de violencia, sangre o dramatismo, a excepción de la cabeza, inclinada suavemente hacia la izquierda. De esta manera consigue, gracias a la disposición de la figura sobre un fondo oscuro y neutro, una imagen serena y carente de dramatismo.

Goya supo darlo todo para conseguir ser admitido -fue admitido por unanimidad-, especialmente por los recursos técnicos utilizados en los juegos de luces y sombras, la utilización del color o el modelado del cuerpo.

Esta magnífica obra tenemos que verla pues, no como una imagen devocional destinada a colgar en la pared de un edificio religioso, sino realmente como lo que fue: un examen en forma de cuadro a modo de presentación de Goya para acceder al puesto de académico.

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